Llego puntual a otra cita con mi adorado Amo. Él me espera recostado en el sofá de su magnifico despacho, en penumbra, desnudo. Me enloquece la manera en que las sombras remarcan las formas de su bello cuerpo. Dejo mis cosas en una silla y espero impaciente sus ordenes. Mis ojos brillan, mis manos no pueden estarse quietas sobre mi regazo. Ya voy mojada.

– Te he traído algo. Quiero que te lo pongas. – me dice, indicándome una gran caja depositada sobre la mesa.

La abro, ilusionada. Observo su contenido y comienzo a desnudarme lentamente, dejo que él me observe, sin pudor, doblo mi ropa y la dejo sobre la mesa. Me pongo las botas altísimas que había en la caja, inclinándome mucho para subir despacio su cremallera, sintiéndome muy sexy, sabiendo que él está contemplando la largura de mis piernas, la curva de mi cadera, mi culo, la forma en que mis pechos se mueven cuando bajo. Las botas son altísimas, me llegan hasta medio muslo, en vinilo negro brillante, se ajustan con precisión a mi anatomía y tienen unos tacones imposibles, con los que debo permanecer casi de puntillas.


En el fondo de la caja hay algo más: una correa de perro con una cadena de paseo. Recojo mi pelo de una manera improvisada, dejando que algunos mechones rizados enmarquen mi rostro y  abrocho el collar alrededor de mi cuello, dejando la cadena colgar entre mis tetas.

Él me indica que me acerque y camino muy despacio, lo más elegantemente que puedo, rezando para no caerme. Me detengo entre sus piernas, él me sonríe, complacido, y no puedo evitar el ruborizarme, la mirada gacha, turbada por mis sentimientos.

Me pide que separe mucho las piernas. Estoy temblando, de impaciencia, de deseo, también por lo difícil de la posición. Él me permite apoyarme en su hombro. El contacto con su piel tan suave y caliente me electriza, me transporta.

Le veo buscar en una bolsa de terciopelo negro que no había distinguido hasta ahora, reposando sobre el sofá a su izquierda. Extrae de ella seis pinzas de tender la ropa, de madera. Le veo, muy concentrado, separando los labios de mi vagina para sujetarlos con las pinzas, con cuidado, dos a cada lado, dejando mi clítoris y mis orificios bien expuestos. No siento dolor, solo una pequeña molestia fácilmente soportable, aún más sabiendo que estoy agradando a mi Amo. No pasa lo mismo con las pinzas que luego coloca en mis pezones, esas duelen a rabiar, pero intento soportarlo sin que me venza el llanto.

– Apóyate en el respaldo del sofá, inclínate, no dobles las rodillas…- me ordena, estirando suavemente de la cadena hacia él.

En esta posición, me besa apasionadamente, recorre mis doloridos pechos, la curva de mi espalda, mis piernas extendidas, va subiendo hacia mi entrepierna, me acaricia el clítoris con delicadeza con su dedo corazón, mojándolo en los fluidos de mi coño, hasta sentir que crece, que se abulta, su mirada intensa fija en mis ojos entornados, en mi boca entreabierta y húmeda como mi sexo, nuestras caras tan próximas que siento el calor que desprende su cuerpo, su aroma. Su voz, sus palabras, me dominan. Me siento palpitar. Entregada a sus deseos, a sus caprichos. Soy su perra, obediente, haría todo lo que él deseara sin dudar. Le pertenezco, totalmente.

Su vista se dirige a un rincón en sombras del despacho y hace un gesto para que alguien se aproxime.

Una hermosa mujer rubia aparece, muy voluptuosa y exótica, y se va acercando hacia mí, felina, con una camiseta roja de red que deja completamente al descubierto sus pechos, una minifalda que es prácticamente un cinturón ancho y botas blancas. Viene masturbándose mientras me mira, en su mano derecha una polla enorme y jugosa. Suya.

Mi Amo se ríe al ver mi cara de sorpresa. Sujeta la cadena con fuerza para que no me mueva, para que no me incorpore, que siga con el culo en pompa, los brazos bien estirados.

Ella se arrodilla tras de mí y lame con fruición mi coño expuesto, centrándose sobre todo en mi ano, cubriéndolo de saliva, penetrándolo con su lengua.

Mi Señor me quita las pinzas. Es cuando se separan de mi piel cuando realmente duelen, pero saberme liberada de su presión me produce gran placer, saber que he cumplido para obtener mi recompensa. Aún y así, una lágrima grande surca mi mejilla y cae sobre sus labios. Él la captura con su lengua, se relame, luego toma mi cara entre sus manos y me besa con dulzura.
Tirando de nuevo de la cadena, me hace sentarme sobre él. Jugar así conmigo, saber lo que su invitada me está haciendo, le está poniendo muy cachondo, su tranca está durísima.
Me la meto con cuidado, deshaciéndome de gusto por poder tenerla por fin dentro de mí. Me sujeta por la cintura, me hace ir despacio. Quiero acariciarle, pero él prefiere que siga con las manos en el respaldo, un poco de bondage psicológico, dice, con una sonrisita pícara.
La rubia deja caer un buen chorro del lubricante que ha sacado de la bolsita de terciopelo en mi culo. Está muy frío. Se trabaja mi entrada trasera con dos dedos mientras me tira del pelo, que se ha soltado, desparramándose sobre mis hombros, y me muerde en el cuello, me obliga a besar a mi Amo, cada vez sus dedos entran más profundamente, dilatando la abertura. No puedo evitar gemir de gusto. Ellos se miran, con comprensión. Él me toma por las muñecas y me las lleva hacia atrás.

– Sujétate las nalgas, abre bien ese culo para ser follada, zorra -me ordena.

Obedezco, mirando a la chica por encima de mi hombro, una mirada suplicante que pide “hazlo ya, no me hagas mucho daño…“ Noto su enorme miembro como va abriéndose camino dentro de mi culo, no puedo evitar chillar, es terrible, es maravilloso. Sus grandes tetazas rozan mi espalda, su pelo dorado cae sobre mi cara, escupe en mi boca abierta, me obliga a chupar sus dedos pringosos de lubricante. Mi Amo observa complacido, hincándomela muy adentro, excitado.

Empalada así, entre los dos, sometida, me corro sin remedio, un orgasmo sublime. La expresión en la cara de mi Dueño no tiene comparación.

Nos hace cambiar de posición, ahora es la rubia la que se sienta en el sofá, yo sentada sobre ella dándole la espalda de nuevo, la que penetra mi coño convulso, abriendo mis piernas con sus rodillas, ofreciéndome a él, que se estira sobre mí, sobre ella, y empuja con cuidado para entrar en mi pequeño espacio ocupado. Duele. Pero entra.

– Tienes dos pollas dentro de ese coñito tuyo, guarra, te caben dos…

Me abraza, con fuerza, sus gemidos me vuelven loca, empujando una y otra vez, con toda su pasión y pronto me llena de su semen, con un grito de placer, yo me aferro a su espalda, no quiero que salga de mí. Siento chorrear su leche por la raja de mi culo, manchando su caro sofá. Me hace levantar y limpiar con la lengua esas gotas.

Le paga sus servicios a la rubia y ella se va, enfundada en una gabardina blanca. Me dedica un guiño antes de salir. Yo espero, sentada en el suelo, mirando a mi Amo con devoción.

Ahora está agotado, pero luego querrá más.
Y yo se lo daré, todo. Como siempre.
Estoy manchada, sudada, dolorida, cansada, increíblemente feliz.
Y le amo más que nunca.